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lewis trondheim, lapinot, la vida como viene





Me gusta el hiperprolífico Lewis Trondheim. Sus historias suelen ser livianas, aparentemente frívolas, legítimas herederas de muchos de los grandes de los tebeos franceses o belgas clásicos capaces de convertir el puro entretenimiento en algo que trasciende -casi sin quererlo- sus propios presupuestos de manera natural. Fiel a este ideario, toda la serie de Lapinot ha discurrido, hasta ahora, por los cauces amables de un costumbrismo de tintes livianos basado en un anecdotario argumental amplio y centrado en multitud de situaciones tópicas. Esta querencia por lo cotidiado, sin embargo, ha mostrado desde el principio una inteligencia envidiable en la definición de los personajes, un oficio considerable en la construcción de las tramas, un sentido del humor blanco pero efectivo y un cariño especial en el trato de los protagonistas de las historias. Cada una de ellas explotaba con brillantez los recovecos de las relaciones entre un grupo de treintañeros algo adolescentes de más, poniéndolos en las circunstancias más diversas para exponer con tranquilidad gran parte de los deseos, aspiraciones, miedos e incertidumbres comunes a toda una generación para la cual, el paso del tiempo parece suponer una especie de derrota inesperada, y el tránsito a la madurez una tortura inaceptable.

En este número, sin embargo, Trondheim da un paso adelante en sus planteamientos e introduce, de una manera disparatada pero efectiva, la enfermedad, el dolor, las rupturas sentimentales y la muerte en el universo de sus protagonistas. El resultado es igual de interesante que en los episodios anteriores, pero aquí hay ya una especie de preocupación moral por parte del autor: ¿se puede en serio con más de treinta años seguir viviendo con los hábitos adquiridos en la adolescencia, aferrándose a ellos ante situaciones que requerirían posiblemente una respuesta "adulta"? Como es previsible, los protagonistas masculinos salen mil veces peor parados que unas mujeres que sí aceptan el paso irremediable a la edad adulta con naturalidad y cordura mientras observan estupefactas los comportamientos casi infantiles de sus respectivas parejas. Al margen de la caricaturización del género masculino -no muy alejada de la realidad y, de alguna manera, hasta cariñosa-, el juego con los estereotipos es efectivo y el humor no busca hacer sangre a costa de los temores e inseguridades masculinas, sino reírse de las contradicciones de un grupo heterogéneo de personajes incapaces de encontrar un acuerdo razonable entre sus deseos y la realidad que les toca vivir.




(El tomo se complementa con un divertido homenaje a las aventuras de Spirou y Fantasio al más puro estilo Franquin: científicos locos, persecuciones, experimentos extraños, aunque plagado de guiños y de referencias sólo para el lector adicto a la serie del botones más famoso del mundo)

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