michael chabon, jóvenes hombres lobo
Los primeros cuentos de Chabon, de mediados de los ochenta. Algunos son realmente deslumbrantes.





Aunque el sexo era algo que los dos percibían como peligroso, el matrimonio, por contraste, les había parecido seguro: una casa segura en un mundo de peligros. El refugio perfecto para dos almas temerosas y solitarias. Cuando estabas soltero, ésto era lo que te decía siempre todo el mundo que estaba casado. El mismo Daniel se lo había dicho a sus amigos que no estaban casados. Pero era mentira. El sexo estaba totalmente relacionado con la violencia, eso era cierto, y el matrimonio era al mismo tiempo un contenedor para la locura entre hombres y mujeres y una frágil barrera de contención contra la misma, igual que era la religión a la muerte y las leyes de la física a la inmensa cantidad de vacuidad absoluta de que estaba hecho el universo. Pero en el matrimonio no había seguridad de ninguna clase. Era una empresa incierta, un viaje en una nave sin probar, a través de un océano hostil,con un mapa que era una falsificación y sin más destino específico que la tumba.
plantas en ausencia de gravedad
Hace poco leí un artículo sobre un experimento en la estación espacial internacional sobre los efectos de la ausencia de gravedad en las plantas. Varias fotos acompañaban el resultado del estudio y todas ellas traspasaban con soltura el límite de "lo científico", llegando a resultar abiertamente perturbadoras. Se veían tallos que crecían en paralelo a la raíz, raíces que describían arabescos mientras las hojas eran muñones vegetales y formas híbridas en las que las partes de la planta resultaban difíciles de distinguir. El artículo decía que, sin la referencia de la gravedad, las plantas no distinguían "arriba" de "abajo", y, abandonadas a la posibilidad de todas las direcciones espaciales se volvían locas literalmente, convirtiendo su crecimiento en una especie de pesadilla que las conducía inevitablemente al colapso. No consigo recordar el motivo exacto de por qué me sentí tan concernido en aquellas imágenes de las plantas retorciéndose con desesperación. Como si la posibilidad de la libre elección de una dirección entre infinitas con total libertad sólo condujese a la autodestrucción. Por suerte, pensé, sólo es biología. Sólo eso.
no se vayan todavía, que aún hay más
Como todos los años por estas fechas toca parada programada. Dos-tres-cuatro semanas como mucho. Lo justo para airearse, coger fuerzas, etc, etc.

Hasta entonces.
normalidad temblorosa
La normalidad para mí es una línea recta. Algo que doy por supuesto y que discurre de manera imaginaria en paralelo con la línea del horizonte. A veces, los acontecimientos la sacuden con intensidades que van desde "perturbación ligera" a "temblor catastrófico". Cuando eso ocurre, cuando la línea de la normalidad se curva y pierde su paralelismo con la línea del horizonte entro en crisis con gran rapidez. Hoy la línea de la normalidad se ha combado de una manera tal que durante unos instantes la ví fracturada en dos partes. Como un imbécil, con cada trozo en la mano, me preguntaba cómo repararla, como devolverla a su condición anterior de línea inexistente que sólo se manifiesta cuando se rompe. Con el paso de las horas -la cosa ocurrió de mañana- la línea fue volviendo sola a su posición inicial. Sin embargo, antes de marcharme definitivamente la miré por el rabillo del ojo y presentaba un temblor ligero, una oscilación arrítmica, un vaivén levemente caótico, como si estuviera acumulando energías para un nuevo latigazo. Volví a casa de vuelta del trabajo. Me conecté a internet. Puse en Google "enfermedades típicas del profesor de secundaria". Buscaba algo parecido a una excusa. La primera referencia era un entrevista a una historiadora sobre la violencia escolar. La segunda era un post del blog "las corrientes salvajes" de septiembre de 2007. Sonreí para la pantalla. Mañana, cuando mire la línea, espero que esté como debería, rectísima, paralela al horizonte, un solo trazo tranquilizador. Mañana.
cosas que aletean
Mis alumnos poseen en su realidad una dimensión extra de la que yo (y casi toda la gente de cierta edad que me rodea) carezco. Cuando se mueven, cuando hablan, cuando se ríen o cuando gritan puede uno percibir a su alrededor una especie de aleteo. El aleteo de las posibilidades probables, el de las posibilidades improbables, el de las imposibilidades probables y el de las imposibilidades improbables. Las primeras suenan como: pan recién hecho crujiente, campanas de iglesia en mitad de una explanada una tarde de agosto, globos que explotan por hincharlos demasiado, hojas secas al ser pisadas en medio de un camino en pleno otoño. Las segundas suenan como: el frenazo de un coche instantes antes de un choque, una bombilla que explota al tirarla contra un muro, pisadas apresuradas bajando una escalera, un trozo de hielo que cruje al empezar a derretirse. Las terceras suenan como: las aspas de un helicóptero que ha empezado a caer, el silbido agudo de un proyectil en caída libre, el estampido sordo de una escopeta, las pisadas violentas de alguien que huye por un camino embarrado. Las cuartas suenan como: un perro que aúlla en mitad de la noche, el batir de alas de un ave pasado a cámara lenta en un documental sobre animales en la dos, el chirrido de un modem de 56 kb al conectarse a internet hace cinco años, la parte final de un disco de vinilo cuando la aguja pillaba ese tramo rayado. A mi alrededor ya sólo escucho, y cada día con un volumen sólo ligeramente superior al del día anterior, los aleteos del cuarto tipo. Empiezo a comprender algo horrible sobre lo imposible improbable y su tendencia inexorable a terminar teniendo lugar finalmente.
frivolidad gratuita
Iba en el coche con a y m, discutiendo sobre el carácter melodramático de alguna gente (ejem) y m dijo "los melodramáticos también tenemos derecho a existir". La frase me hizo gracia, porque revela que todo carácter melodramático oculta un lado frívolo que equilibra las cosas en el día a día. En honor de ese muy divertido lado frívolo de m y de todos los frívolo-dramáticos (ejem) que poblamos la faz de la tierra, he cambiado la reseña que iba a poner sobre un libro que acabo de leer por este vídeo con el que siento una identificación tan poderosa que me entran ganas de pintarme todo de verde y echarme de cabeza a un estanque. Croac! (A los no frívolo-dramáticos no les hará ni pizca de gracia, supongo)



noticias del mundo real
Paso las tardes en casa delante del ordenador. Lo habitual es que dedique las tres cuartas partes los dos tercios del tiempo al trabajo y el otro cuarto el otro tercio a esa nada inmensa que, bajo la luz de la pantalla, me atrapa de manera estúpida. Algo idiota seduciendo a un idiota aún mayor. Pese a ello consigo acabar cosas. Me sorprendo a mí mismo cuando repaso con todo el cuidado de que soy capaz algo que tengo definitivamente liquidado. No soy nada cuidadoso, funciono a latigazos, como si el motor de mis acciones estuviera calándose y pasándose de revoluciones alternativamente. Luego en clase les exijo a mis alumnos que sean todo lo contrario. En realidad sólo quiero gritarles, no seais como yo, es una puta mierda, pero después de decir éso sólo podría dejarlo, nadie se inmola ante los demás y luego hace como que no ha pasado nada. Si fuera más cuidadoso probablemente no diría la mitad de las cosas que digo ni haría las tres cuartas partes de las cosas que hago. Por pudor profesional dejaría de dar clase. Dejaría de hacer otras cosas que hago. Lo mejor sería ni salir de casa. Menos mal que soy el puto desastre andante.
un incierto período de transición (II)



un incierto período de transición



cosas que se desintegran
A medida que me hago más y más mayor (algunos días el proceso se dispara a una velocidad poco explicable, algunos meses el proceso se ralentiza y casi puede llegar a creerse que sí, que puede detenerse) me encuentro con una contradicción que he acordado declarar irresoluble: el mundo, que carece ya de todo misterio, me resulta, sin embargo, totalmente inexplicable. Cómo puede ser que un lugar sin misterio sea inexplicable. Echo de menos la simultaneidad de las dos cosas a la vez, la existencia de misterio y también las explicaciones. Y ya he asumido que no tendré ni lo uno ni lo otro. En una existencia que se puede equiparar geográficamente a una planicie desértica, el misterio garantizaría la expectativa ante lo que estaría por venir, las explicaciones servirían para descifrar el presente. Ni lo uno ni lo otro asoman por estos días y ya la primavera se agotó en su presentimiento. Yo que sé.
cormac mccarthy, la carretera


Hay libros que llegan a casa y, sin que uno entienda muy bien el proceso, acaban sepultados por otros libros, terminando por ser los cimientos de alguna pila en equilibrio inestable en algún lugar del salón o del dormitorio. Un día, uno recuerda que tenía ese libro por casa (por lo general, tras llevar un par de semanas encallado en la lectura de alguna chorrada de moda) y, tras algunos minutos de angustia, lo rescata de la base de la columna. Después lo abre y se sumerge en él y, si le gusta, termina preguntándose por la estúpida lógica que le ha llevado a posponer su lectura en favor de cosas a las que la etiqueta "prescindible" sólo les hace un favor...

Toda esta introducción viene a cuento porque "la carretera" me ha encantado total y completamente, desde la primera hasta la última de sus páginas, sin bajones en ninguno de sus pasajes, sin interrupciones en su perfecto desarrollo narrativo. Lo que podría pasar por una simple ficción postapocalíptica más es, en realidad, un áspero viaje hacia un futuro probable de la mano de dos protagonistas a los que sólo sostiene, en su búsqueda de un destino algo menos malo, una dignidad extraña que viene siendo una especie de lujo o extravío en tiempos donde sólo se sobrevive a costa de renunciar a cualquier atisbo de humanidad. Un padre, un hijo, un carro de supermercado y las ruinas de la civilización occidental norteamericana. Un territorio cubierto de cenizas y de cadáveres. Carreteras abiertas en canal, ciudades enteras arrasadas, ríos de aguas negras y cielos permanentemente plomizos. Estos son los protagonistas de un libro que en otras manos sería una nadería prescindible, pero que en las de Cormac McCarthy sirven para construir una especie de epopeya en la que el fin del mundo funciona como eficaz telón de fondo para hablar de lo que es un ser humano con una hondura impensable a priori y eludiendo toda clase de discurso moralizante más o menos autosatisfecho de sí mismo. El ejemplar pulso narrativo alterna pasajes inmensos en los que sólo cabe la desolación total con latigazos de acción seca y desesperada en los que la supervivencia se convierte en una dolorosa forma de crueldad. El paisaje, convertido en un estado de ánimo terminal, se cuela por los poros de los protagonistas y nos llega tanto a través de las concisas descripciones como de las emociones que sacuden a los dos personajes principales. Toda su angustia nos concierne de una manera perturbadora. Sus interrogantes y su soledad, su impulso de huir sabiendo que no hay adonde ir, nos conmueven completamente. Tanto que, terminado el libro, uno se queda subido a él, más allá de sus páginas, en los instantes turbios previos al sueño en los que, en medio de la oscuridad de una habitación confortable, el mundo parece carecer de sentido y las personas que uno conoce, espectros lejanos condenados a desaparecer del mundo y de la memoria. Como uno mismo.
sobre la pureza
Belén Gopegui, en una entrevista reciente:

La pureza produce escritores entomólogos que van por los hoteles encontrando citas, escriben con guantes de terciopelo, recitan lo que se lleva y huyen de lo mal visto. Creo que anula la inteligencia porque anula la dialéctica.
implosión-reacción

- pregunta:

entón, se calqueira forma de acción é lexitimadora do sistema -xa que estará encadrada nas coordenadas deste e polo tanto servirá para dalo por bó-, e a no-acción supón de feito dar por bó ese sistema de contradicións e violencia que chamamos "sociedade" e que non estoupa polo seu peso de milagre, que nos queda aos occidentais "sobre-educados" que percebemos a violencia dunha forma diferente a "un comerciante do Rio de Janeiro, un cidadán israelí ou un habitante dunha villa miseria"?
willy | 03.24.08 - 9:37 pm |

- resposta:

Nada. O propio Marcuse conclúe o seu libro cunha cita de Walter Benjamin: "Só grazas a aqueles sen esperanza nos é dada a esperanza".
cossimo | 03.24.08 - 10:35 pm |

- coda:

Después de media vida tengo la impresión de no haber avanzado, a menos que se llame progreso a la resignación.
John Cheever, diarios
beate klarsfeld
El sábado pasado en la 2 un reportaje sobre una activista alemana llamada Beate Klarsfeld. Hija de víctimas de un campo de concentración nazi, dedicó su vida, con la ayuda de su marido Serge -hijo a su vez de un oficial de la wermacht- a perseguir a los cargos intermedios del régimen que, tras la segunda guerra mundial, se instalaron cómodamente entre las ruinas de la Alemania post-Hitler. Frente al silencio cómplice de todo un país, Beate levantó la voz y se dedicó a señalar públicamente a todos aquellos que trataron de pasar desapercibidos con la aquiescencia de sus conciudadanos. La escena cumbre del documental muestra como, en el congreso de 1968 de la CDU -el partido conservador alemán-, está interviniendo el canciller alemán y ex-nazi Kiesinger: en medio de su discurso, Beate se levanta de su sitio, se acerca lentamente a él y le calza un hostión de campeonato en la cara. El gesto, la sonrisa calmada de Beate frente a la estupefacción del jerarca nazi aupado hasta la cancillería, se me quedaron grabados. A Beate la broma le costó un año de cárcel, tras el cual continuó con su caza particular. A Kiesinger le sustituyó en 1969 al frente del gobierno el líder de la SPD Willy Brandt tras romper la coalición CDU-SPD. El gesto de Beate parece hablarnos de otra época, menos miedosa pese a la oscuridad que quedaba a veinte años de distancia. Kiesinger, al hablar del incidente decía: "remover el pasado no tiene ningún sentido, lo que ahora reclama el país es olvido, amnesia para poder continuar adelante". Hay que dar más hostias. Muchas más.
usos (más o menos) deliberadamente incorrectos de la palabra yo
- yo no miento demasiado
- yo no te voy a engañar
- yo siempre digo las cosas a la cara
- yo sé ponerme en tu lugar
- yo procuro ser responsable
- ese que miraba para otro lado no era yo
- yo sé lo que me digo
- yo tengo las cosas claras
- yo no soy un irresponsable
- yo no pierdo el tiempo hablando de mí
- yo escribo para mí mismo
- yo no creo que sea mejor que vosotros
- yo no pierdo el tiempo con tonterías
 

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