llamadas perdidas
Todos mis móviles, desde que recuerdo tener tal cosa, tienen un menú de llamadas que se subdivide en tres apartados: llamadas perdidas, llamadas recibidas, llamadas realizadas. Si alguien me propusiera diseñar un aparato de esos -o al menos el apartado de organización- quitaría los tres submenús y dejaría sólo el de llamadas perdidas. Haría lo mismo con los mensajes: ni bandeja de entrada, ni enviados, ni ostias, sólo mensajes perdidos. Porque todas las llamadas y todos los mensajes que nos hacemos y nos enviamos son perdidos. El móvil no sirve para comunicarnos, sólo para constatar que, en nuestra relación con los demás, todo está perdido, lo sabemos desde el momento en que miramos con extrañeza los nombres que aparecen de forma milagrosa en su pantalla. Parece mentira que todos llevemos uno (y hasta dos o tres) aparatos de esos encima que nos recuerdan constantemente cuán solos estamos sin tener ganas de tirarlos por la ventana o suicidarlos de alguna otra manera.
albert camus, el mito de sísifo
Hay libros que, tras leerlos, hacen que tu cabeza empiece a machacarte (y no pare) con preguntas "¿por qué no lo leíste hace diez años? ¿por qué no lo leíste hace quince años? ¿por qué has leído cientos de cosas horribles en vez de dedicarte a buscar libros como éste?". Hay caminos, pero yo no doy encontrado ninguno. Hay pistas, pero estoy ciego a las verdaderamente importantes. Hay libros, pero posiblemente no haya leído más que cuatro o cinco de los fundamentales. Hay.






Los conquistadores saben que la acción es en sí misma inútil. No hay más que una acción útil, la que volviera a crear el hombre y la tierra. Jamás volveré a crear a los hombres. Pero hay que hacer "como si". Pues en la senda de la lucha me encuentro con la carne. Aunque humillada, la carne es mi única certeza. Sólo puedo vivir de ella. La criatura es mi patria. Por eso elegí este esfuerzo absurdo y sin alcance. Por eso estoy del lado de la lucha. Nuestra época se presta a ello, como he dicho.
[...]
La grandeza ha cambiado de campo. Está en la protesta y en el sacrificio sin futuro. Aunque no por el gusto de la derrota. La victoria sería deseable. Pero sólo hay una victoria y es eterna. Nunca la conseguiré. Ahí es donde tropiezo y me atasco. Una revolución se cumple siempre contra los dioses, ahí está la de Prometeo, el primero de los conquistadores modernos. Es una reivindicación del hombre contra su destino: la reivindicación del pobre no es sino un pretexto.

alison bechdel, fun home




Los padres siempre tienen la culpa de casi todo. Básicamente éste podría ser el argumento de este cómic autobiográfico en el que la norteamericana Alison Bechdel narra con estudiada asepsia y marcada distancia su infancia, adolescencia y primera juventud. El núcleo de la historia se constituye alrededor de su (casi) no-relación con su padre. La homosexualidad encubierta de él y la militante de ella configuran un juego de oposiciones enrevesado y complejo en el que las dos visiones de la propia identidad sexual tejen una trama de desencuentros y alejamientos, de soledades y ausencias continuadas que crean una especie de situación anticlimática permanente. La vida frustrada del padre encuentra una salida para hacerse menos insoportable a través de la fascinación por la literatura -en especial, su obsesión increíble por el Ulises de Joyce- y de la entrega a la decoración y la jardinería. El material autobiográfico es, de por sí, extraordinariamente rico. Todas esas vidas que se desenvuelven en la casa familiar con una ausencia casi completa de relación entre ellas, crean un marco doliente del que la protagonista tratará de huir sin ser capaz de hacerlo del todo. Su capacidad para afrontar con lucidez y valentía esos años básicos de formación y exhibir ante el lector la complejidad de todas las cosas que no suceden y que marcan tanto como las que ocurren realmente, convierten la lectura de este cómic en una experiencia absorbente e incómoda. El valor de asumir lo que uno mismo es en circunstancias adversas, la capacidad para diseccionar los vacíos que nos habitan, la imposibilidad de construir relaciones verdaderas desde posiciones de autoengaño, el deber de ser consecuente con lo que se es y la obligación de desentrañar el misterio de los propios padres para comprenderse satisfactoriamente son algunos de los ejes que vertebran todo el relato. Merece la pena dedicarle un par de lecturas detalladas. El valor ajeno pone en evidencia la cobardía propia. Aunque sólo sea por éso.

[Mención aparte merce la rotulación de la obra de esta edición en español, obra de la poetisa María Eloy-García -autora del muy divertido poemario "cuánto dura cuánto"- que es, en sí misma, una pequeña obra de arte contenida en el interior de un tebeo realmente mayúsculo.]
dave eggers, qué es el qué





Si algo caracteriza a la edad del aburrimiento es la desaparición progresiva del horizonte vital de gente a la que admirar. El paso del tiempo te enseña que aquellos héroes sin fisuras de tu adolescencia y primera juventud eran, más que cualquier otra cosa, defectos en tu forma de percibir la realidad que entidades consistentes dificilmente atacables. Sin embargo, quizás como un reflejo de los viejos tiempos en los que uno está voluntariamente ciego o tuerto la mitad de su tiempo, siempre asoma un rescoldo de admiración completa, de entrega absoluta a todo lo que hace algún alguien en un remoto lugar del planeta (ya sabemos que la cercanía abrasa cualquier posibilidad de admiración: sólo caben otras emociones de naturaleza antagónica) de maneras más o menos inesperadas. Uno de los pocos ídolos que me quedan es Dave Eggers, escritor norteamericano editor de dos revistas -Mc Sweeny´s y The Believer- e impulsor de proyectos de integración social a través de la lectura y la escritura en algunos de los peores barrios de las peores urbes norteamericanas. Huelga decir que mi admiración es (casi) completamente irracional: adoro The Believer (soy suscriptor), carezco del dominio necesario de inglés para leer Mc Sweeney´s, de sus libros sólo he leído este último y observo con fascinación cómo evoluciona su atrevida experiencia en plan héroe de película de Frank Capra. No hay realmente una razón de peso para incluírlo en la lista de las "diez personas objetivamente más admirables del mundo". Quizás por ello.

Hecha la salvedad diré que el libro narra la odisea de uno de los miles de Niños Perdidos sudaneses, la generación de nacidos en Sudán en los ochenta y noventa en plena guerra civil entre el norte y el sur (herencia del proceso descolonizador británico) y la cadena de desgracias que le llevan de una aldea arrasada a una marcha interminable por el desierto y la posterior peregrinación por varios campos de refugiados durante años para terminar trabajando en subempleos diversos en unos Estados Unidos capaces de acoger a varios cientos de ellos, pero incapaces de reparar -como si alguien pudiera- las heridas de una vida de sufrimiento extremo. La narración es vibrante, recogiendo con brillantez el relato oral de los hechos que el protagonista, Valentino Achak Deng, hizo a Dave Eggers a lo largo de casi un año, y el libro consigue otorgarle el punto exacto a todos los detalles terribles de la epopeya vital de Achak sin caer el error de obviarlos por desagradables ni en la tentación de darles un papel preeminente desviando con ello la atención del sentido global del relato. Muchas páginas son realmente conmovedoras, en otras, personajes posiblemente ficticios (no aparecen en la larguísima lista final de agradecimientos) nos detallan la historia de Sudán y el terrible embrollo de su guerra civil, y, en general, hay una frescura que te llega a hacer creer durante mucho tiempo que estás escuchando en primera persona al propio Achak desgranando los detalles de su infancia y adolescencia.

Sé que un libro tan bienintencionado como éste es presa fácil de cierta clase de crítica cínica, que la estructura del relato presenta algunos peros bastante evidentes (que no diré aquí), y que la distancia entre el papel que quiere jugar Eggers y la pose de un Bono o alguien similar es realmente pequeña, pero, aún así, es un libro que supera con creces la barrera imaginaria de la honestidad que le exigimos a los demás, y, sobre todo, no parece presentar otra intención que contar la historia tremenda de Achak para no perder el recuerdo de aquellos que, a diferencia de éste, simplemente se quedaron por el camino.
un recibimiento
Ayer fui al aeropuerto a buscar a mis suegros, que venían de un pequeño viaje de una semana. La terminal de Peinador, descoyuntada por las obras, convertida en un cosa desagradable a lomos de la cual hay que subirse a los aviones, presentaba un lleno total. Cinco vuelos llegaban a la vez y otros tres estaban para salir. Como si hubieran dado el pistoletazo de salida a las rebajas aeronáuticas o algo así. Mientras esperaba delante de la puerta de llegadas realicé el típico análisis discreto de la gente que esperaba y de aquellos a los que iban saludando. Aparecieron un chico alto rapado al cero con perilla y su novia y un señor de cierta edad se echó en los brazos de él y lo abrazó con intensidad. La chica sonreía con timidez mientras el chico tenía la típica cara de "ésto va en serio?". El hombre mayor se secó una lágrima imaginaria. Llegaron dos tipos altos con trajes caros y aspecto de estar cuestionándose el porqué de haber llegado a Vigo. Nadie los esperaba y, por tanto, nos miraron a los que sí esperábamos a alguien con cierto resentimiento. Llegó un chico de unos dieciseis años y un grupo se abalanzó sobre él. Todos querían abrazarlo, en especial una mujer, que, tras tocarlo, lloraba desconsolada. Los abrazos duraron un buen rato. El chaval, con cara de circunstancias, sonreía a todos. Me cayó bien. Llegó un grupo de veinteañeros de esos que parecen hacer cola para los castings de factor-x u operación triunfo. Sonreían y miraban alrededor con aire divertido. Una pareja de mediana edad se acercó y ambos, marido y mujer, abrazaron con vigor a uno de ellos. El chico miraba para sus acompañantes. Sus sonrisas no eran maliciosas, ni siquiera irónicas, eran un especie de intercambio de pequeñas extrañezas. LLegó una pareja con un par de niños y hubo una leve avalancha humana. Otro intercambio apasionado de abrazos agotando todas las combinaciones posibles: primo-primo, tío-sobrino, hermano-hermana. Una eternidad. Finalmente llegaron mis suegros. Le dí la mano a él y dos besos a ella. Mientras acercábamos las maletas al automóvil me contaron que el avión se había retrasado por un incidente previo a la salida del que no tenía ni idea. El piloto les dio mil explicaciones un millón de veces. Acostumbrados a no tener nunca ni idea de lo que pasa cuando vuelan, tanta explicación les dio muy mala espina. Me dijeron que al llegar suspiraron de alivio. La gente que estaba a mi alrededor, en efecto, tenía cara de venir de un gigantesco suspiro colectivo.

(Mientras, en un aparte del aeropuerto, un grupo de gente despedía estruendosamente al nadador paralímpico Chano Rodríguez que se iba a China. Había una cámara de television y un periodista. Cada vez que hacían una toma, el grupo montaba un escándalo considerable. Estuvieron despidiéndolo una media hora, con ráfagas intermitentes de entusiasmo que sonaban raras entre las maletas perdidas y los abrazos algo exagerados.)
este año, el verano
De pronto ya casi es septiembre. Si lo pienso más de un minuto puedo amargarme con violencia. Con la sensación de haber vivido en una especie de continuo deportivo-temporal (roland garros-eurocopa-tour de francia-wimbledon-olimpiadas) en el que se hubieran abolido las categorías de pasado y futuro, de golpe me hallo a las puertas del Otoño como un perro abandonado por sus dueños a punto de empezar el verano. Pues bien. Mientras colgaba la ropa mojada de la última colada y su olor me devolvía a otras coladas de este Verano, he detectado variaciones importantes en las fragancias circundantes. Para mi nariz, el verano se ha eclipsado violentamente, y, como es sabido, ello significa que realmente el cambio de escenario está ahí. Preparémonos pues. Recojamos las toallas que aún están sin secar, saludemos a los jerseys y a las chaquetas de punto (ya tengo una edad), despidamos con tristeza las últimas arenas de la playa a la que apenas hemos ido que estaban en nuestras zapatillas de deportes y prepáremonos para encarar el Otoño que se avecina, como siempre, ligeramente gris, cargado de pequeñas oscuridades y de presentimientos y tristezas microscópicas que no debemos dejar crecer. Por nuestro bien.



volviendo de hacer el turista
Estuve en Venecia unos días. La ciudad es un catálogo de tópicos de dimensión tal capaz de agotar cualquier listado de adjetivos cursis. Sin embargo, mi diminuta experiencia turisteril me ha enseñado que bajo los tópicos se oculta siempre algo que, pese a las postales y a los souvenirs y a los recuerdos vergonzantes, resulta ser profundamente verdadero. Una especie de corazón doliente sepultado por toneladas de esa grasa especial que generan los seres humanos cuando quieren hacer negocio a partir de, pongamos, una casa, una ciudad, un paisaje o, yo que sé, la ventana a través de la cual Canaletto veía los paisajes venecianos. Pese a ese recubrimiento pestilente derivado del afán de sacar dinero como sea, las cosas tópicas -e, insisto, Venecia es algo así como el Ikea de los tópicos turísticos- guardan un algo profundamente auténtico que merece el tiempo, las ganas y el esfuerzo dedicado a encontrarlo. Una ciudad surcada de canales orillados por palacios de hace quinientos años, envuelta en una atmósfera de permanente folletín romántico (Lord Byron, en sus tiempos, entre otras cosas, nadaba completo el gran canal) y sumergida en esa luz mediterránea que estimula con vigor algunas glándulas desconocidas dentro del cerebro relacionadas con la necesidad urgente de disfrutar cada hora del día, es la clase de lugar al que uno llega pensando que es simplemente la disneylandia de los palacetes renacentistas y del que uno sale sin saber que pensar, saturado en el nivel sensible y desarbolado en el de las opiniones y los juicios sumarísimos.

Venecia me ha fascinado mucho más allá de lo que mi espíritu turístico de masas podría esperar. Hay algo tópico en mi propia fascinación y, por lo tanto, hasta donde soy capaz de entender, ese algo es real y está relacionado con algún tipo de emoción intermedia situada entre los instintos básicos y el placer estético. Es esa clase de fascinación vinculada a la necesidad de comprender las cosas incomprensibles.

[Nota mental nº 1: volver puede estar bien]
nosotros somos el espectáculo
Estoy en Verona. El calor es soportable, la ciudad tiene las dimensiones adecuadas para ser abarcada superficialmente en un par de horas andando. Supongo que dos horas y media pateando es el límite entre una ciudad recorrible, y, por lo tanto casi real, y otra no recorrible, y, por lo tanto candidata clara a habitante de la frontera con la irrealidad. Conozco muchas ciudades, en ese sentido, tan irreales que me sigo asombrando de que estén en su sitio cuando vuelvo a ellas. Otras, en teoría pequeñas, como aquella en la que vivo, permanece en un estado superpuesto de realidad e irrealidad que, supongo, la vuelve virtualmente incomprensible para un turista medio como yo. En Verona, miles de turistas disfrutamos de las pequeñeces grandiosas que hacen disfrutable una visita así. Una callejuela sobresaturada de capas de óxido en sus paredes y balcones al borde de la descomposición en la que en el siglo XVIII comenzó el alzamiento contra los franceses y los dálmatas (fascinante nacionalidad, yo pagaría por ser dálmata, guau), una plaza microscópica con una cafetería situada justo en el cuarto de su superficie en sombra, un puente renacentista con sobredosis de épica derribado por los nazis en su huida de Italia y reconstruído con las piedras recogidas una a una del río o un restaurante ocupando una callejuela completa presto para ser asaltado por turistas famélicos desesperados por sentarse a la sombra ante un plato de pasta supuestamente casera. Sin embargo, como en cualquier otro destino turístico del planeta -y ya casi todos sus lugares lo son- el espectáculo más fascinante, aquello que realmente hay que ver, somos los propios visitantes. En la inmensa Piazza Bra, algunas decenas de miles hacen cola para entrar al anfiteatro romano que se mantiene en pie como si lo hubieran levantado en plena burbuja inmobiliaria, otros cientos de miles toman millones de imágenes armados de cámaras compactas, cámaras réflex digitales, cámaras de vídeo de todo tipo y teléfonos móviles de antepenúltima y penúltima generación y algunos miles de millones, sentados en alguna de las cafeterías que proporcionan a)sombra, b)bebida y c)comida observamos con fingida ausencia de placer el espectáculo inmenso de nuestro espíritu colectivo destilado y puesto en escena (casi) completamente gratis: mirar, mirar, mirar. Para luego, como quien no quiere la cosa, casi con calculado desapego, dejándolo caer con una elaborada naturalidad ensayada sin descanso todos los días del viaje, poder decir, ah sí, yo estuve allí, no estaba mal, bah.
un fragmento de una europa inquietante
Entramos en Brescia el primer lunes de agosto, sobre las cuatro de la tarde. Las calles de la ciudad estaban vacías de manera absoluta, apenas dos o tres coches recorrían las calzadas de la ciudad. Ningún peatón en casi veinte minutos de recorrido. Cada esquina, un par de cámaras de vigilancia. Teníamos puesta RAI1 y hablaban de que Berlusconi había desplegado al ejército en varias ciudades del país por el asunto de los gitanos rumanos. El ejército, pensé, y las dos palabras me sonaron a muelas intentando mascar piedras en la boca. Mientras la radio escupía entrevistas en la calle a personas que opinaban sobre la medida -parece el Chile de Pinochet, dijo alguien con quién de golpe me unió una intensa corriente de simpatía- , nosotros recorríamos la ciudad en busca de nuestro hotel. Volví a entregarme a la observación de las calles. Tantas cámaras y tan poca gente a vigilar. La paranoia sin objeto, el artefacto de vigilancia retratando al vigilante, todas las calles convertidas en pasillos de una cárcel imaginaria. Más tarde, tras instalarnos y descansar un rato en espera de temperaturas algo más humanas, salimos a recorrer Brescia. En la plaza de la catedral vimos indicios de vida, corrillos de hindúes, paquistaníes y bangladeshíes (digo yo) que se juntaban en las escaleras y los bancos mientras miraban para los cuatro turistas que nos sentábamos a tomar un helado sin terminar de creernos semejante desolación. Después de cenar, un grupo numeroso de pijos italianos que parecían médicos o abogados o algo por el estilo se pusieron a cantar, en la terraza del restaurante donde estaban cenando, canciones de los beatles y de domenico modugno mientras uno de ellos tocaba la guitarra. La plaza hacía de caja de resonancia y la voz de una de las mujeres que cantaban sonaba con una elegante claridad sobre todas las demás. Pensé para mí en un lamento fúnebre al ritmo del yellow submarine. Al llegar al hotel me pregunté porqué algunas ciudades europeas parecen pensadas para ser habitadas por los muertos. Hacía calor y después dormí mal.
una entrada local
Ando por ahi de viaje, pero no soy capaz de resistirme a conectarme a internet y poner aqui este enlace
sad songs to listen in desert beachs






First the mic then a half cigarette
singing cathy's clown
that's the man that she's married to now
that's the girl that he takes around town
she appears composed, so she is, i suppose
who can really tell?
she shows no emotion at all
stares into space like a dead china doll
i'm never gonna know you now, but i'm gonna love you anyhow
now she's done and they're calling someone
such a familiar name
i'm so glad that my memories remote
'cos i'm doing just fine hour to hour, note to note
here it is the revenge to the tune
"you're no good,
you're no good you're no good you're no good"
can't you tell that it's well understood
i'm never gonna know you now, but i'm gonna love you anyhow
i'm here today and expected to stay on and on and on
i'm tired
i'm tired
looking out on the substitute scene
still going strong
XO, mom
it's ok, it's alright, nothing's wrong
tell mr. man with impossible plans to just leave me alone
in the place where i make no mistakes
in the place where i have what it takes
i'm never gonna know you now, but i'm gonna love you anyhow
i'm never gonna know you now, but i'm gonna love you anyhow
i'm never gonna know you now, but i'm gonna love you anyhow
los intermedios o algunas reflexiones veraniegas derivadas de la lectura detallada del horóscopo
A veces parece que en la vida de uno no pasa nada, o, al menos, que no ocurren demasiadas cosas. Durante un tiempo viví un poco obsesionado con la idea de estar perdiendo el tiempo en el peor sentido de la palabra. Sin embargo he empezado a comprender que las cosas son siempre menos simples de lo que parecen inicialmente. Los periodos de intermedio -o de cierto aburrimiento, si se prefiere- tienen características de tiempo de estructuración. En silencio y de manera inconsciente hay algo construyéndose a nuestras espaldas -más bien delante de nuestras narices-, hay procesos que van cristalizándose lentamente, hay creencias, opiniones, gustos, desencantos, incertidumbres que se van consolidando discretamente, lejos de toda posibilidad de actuación consciente sobre ellos. En los periodos de aburrimiento acumulamos fuerzas de pequeño alcance y decepciones microscópicas. Nos acostumbramos a nosotros mismos sin apenas darnos cuenta. Perdemos la vida pero ganamos otras cosas que, llegado el momento, serán vitales en nuestras decisiones, en el rumbo que tomemos de la mano de las decisiones incorrectas y las supuestas corazonadas del momento. Cuando pensamos que hemos actuado por impulsos o instintivamente, en realidad sólo estamos culminando una infinidad de procesos insignificantes cuyo desarrollo ha tenido lugar en segundo plano. "Me voy a tirar por la ventana", "voy a cambiar de vida", "me marcho a Honduras", "me voy a hacer budista", no serán pues decisiones del momento, sino cada una de ellas la culminación de algo que está ahí, oscuro, callado, expectante aguardando el momento del zarpazo. Aguardemos acontecimientos, algo tendremos preparado para cuando llegue el momento.

LIBRA

Representado por la balanza, Libra tiene un funcionamiento semejante: siempre sopesando pros y contras, a la búsqueda de equilibrio y justicia.

Como signo de Aire que es, necesita el estímulo intelectual, el razonamiento y la conversación.

Tu gusto por la estética y la ética te lleva, muchas veces, a buscar una perfección que no encuentra. De ahí arranca la indecisión o el diletantismo propios de algunos nativos de tu signo. Y es que, como la balanza, sabes que sin el otro, uno no es nada; tienes tan en cuenta las opiniones de los demás que a veces te quedas sin expresar la tuya propia, al menos de manera directa, porque no te gustan para nada los ambientes toscos ni las tensiones. Eres amante de la paz y la concordia. Sin embargo, tienes una habilidad especial para nadar y guardar la ropa. Es decir, muchas veces, pides opiniones o las escuchas, porque necesitas contrastar, pero, luego, obrarás como quieras, que para eso eress libre como el viento.

En tu afición por lo bueno, puedes llegar al sibaritismo. Pero en el fondo anhelas una elevación moral y espiritual de la sociedad en la que vives. Sociable por naturaleza, e incluso galante, tiendes a los buenos modales y puedes llegar a tener una inteligencia refinada. También sueles destacar en tus aportaciones al pacifismo o a la convivencia entre los pueblos. En realidad, tu signo tiene una sensibilidad artística y estética que puedes llegar a canalizar profesionalmente.

Hay dos caracteres Libra bien diferenciados: mientras uno es serio y reservado, la mayoría de los nativos del signo son simpáticos y sociables.

El romanticismo de Libra es bastante perfeccionista, porque no sólo anhelas las adecuadas proporciones estéticas, sino también las morales, fundamentalmente las intelectuales y espirituales de la otra persona. Si en estos aspectos no hay acoplamiento, tu relación se irá marchitando y no tardarás en desplegar tus aires de seducción sobre otras personas y objetivos.

Si Libra posee una carta astral con un conjunto armónico, podremos ver las siguientes virtudes: armonía, amabilidad, sociabilidad, justicia, delicadeza, consideración por los demás y elevación moral y espiritual.

Sin embargo, cuando el conjunto de la carta astral es inarmónico, se pueden encontrar algunos de estos defectos: exceso de locuacidad, influenciable, ambición de reconocimiento social y tendencia a envolver a los demás en su particular tela de araña.
a propósito de californication, david duchovny y natascha mc elhone
Me he enganchado a una serie bastante tonta.




David "Mulder" Duchovny es un escritor neoyorquino de éxito. Casado con la mujer perfecta -Natascha McElhone, una especie de Uma Thurman versión algo pija- y con una hija que parece un trasunto de una de las protagonistas de Ghost World, Thora Birch, la morena (no hará falta recordar aquí quien era la rubia), que está inmersa en una preadolescencia algo weird de más para sus padres. El éxito de su novela los lleva a todos a L.A., ya que el libro va a ser convertido en película. El marido perfecto, de la mano de su agente literario entra en una divertida espiral de sexo, alcohol y drogas que conduce a su matrimonio a la bancarrota emocional y a su mujer a los brazos de un pijolas de mucho cuidado al cargo de una turbia hija adolescente que le dará más de un dolor de cabeza al desmadrado Duchovny. Este, sin embargo, pronto se arrepentirá de su nueva vida y tratará de recuperar a su ex-mujer como sea, alternando sus intentos con una considerable furia alcohólico-sexual que le servirá de consuelo tras sus sucesivos fracasos. Los diálogos son graciosos, las escenas de sexo bastante explícitas (aunque nunca se sobrepasa ese límite no escrito que dice "no mostrarás un pene erecto a no ser que estés haciendo una película porno") y algunos episodios, como en el que el protagonista le echa en cara a su padre el haber sido un pichabrava desfasado toda su vida, son extrañamente complejos y dueños de una considerable mala hostia que eleva mucho el tono medio de la serie. El sentido del humor alterna los gags enloquecidos con escenas mucho más elaboradas en las que la carcajada llega después de una retorcida secuencia de acontecimientos en los que aparentemente no pasa nada gracioso. Duchovny se sale en su papel de guaperillas desfasado al borde del acabamiento que aprovecha cualquier rincón para echar un polvo, Natasha McElhone es tan guapa que consigue que uno se pregunte si de verdad uno haría lo mismo que Duchovny en caso de estar en su piel, Evan Handler -el agente literario- es uno de esos secundarios que van comiéndose poco a poco la serie con su presencia y la hija preadolescente y la sociópata adolescente son dos personajes que prometen mucho de cara al futuro cercano.

Me he enganchado a una serie bastante tonta.
a propósito de "el incidente", de m. night shyamalan
Los teléfonos móviles son los semilleros de la nueva paranoia. No he sacado nada más en limpio de esta película. Eso y que "los pájaros" sí que era una gran película. Ah, y que a Shyamalan le moló aquella frase que el agente Smith le dedica a Morfeo en Matrix: "Human beings are a disease, a cancer of this planet. You're a plague and we are the cure". Me olvidaba de otra cosa, la película termina diciendo: "la familia mola". De hecho parece ser lo único sólido, real, para el director hindú. Fuera de ella todo es abismo y terror. Dicen que Shyamalan es un reaccionario. Yo veo a un moralista de campeonato. Creo que, por eso, me gusta la mierda de películas que hace. Mi favorita es "el bosque", un chiste siniestro para desconvencer a hippies despistados. Mi escena preferida de "el incidente" es cuando entran en un piso piloto y todo es de mentira y uno de los actores dice "¿qué es toda esta mierda?" (más o menos). Es cine político posmoderno: hay un mensaje de fondo que parece estar proponiendo que te rías de la propia película, como si te estuviera diciendo, qué haces viendo esta mierda de película, hombre. Ah, la protagonista, Zooey Deschanel, no me ha gustado nada, es la típica actriz norteamericana protagonista de versiones descerebradas de películas de terror coreanas. Me recuerda a Anne Hattaway, o incluso a la mujer de Tom Cruise, Katie Holmes, que son a la actuación lo que el descafeinado de sobre al café. Y Mark Wahlberg, en fin. Vaya mierda de actor.
wouldn´t it be nice
Voy por la AP9 en dirección Vigo. La temperatura exterior es agradable, apenas veintitrés grados. Llevo la ventanilla del conductor completamente bajada y la música a un volumen quizás excesivamente moderado. Entra el aire arremolinándose y me alborota el pelo con gracia. La autopista está casi desierta pese a la hora -cerca del mediodía- y una finísima bruma se adivina sobre la ría. Llegando casi a la salida de Alfonso XIII, por debajo del paso peatonal anterior a la última curva, justo donde una señal de tráfico te recuerda que mejor no ir a más de sesenta, veo un bulto en el arcén de la carretera. A medida que me acerco siento una ligera punzada de espanto al reconocer algo parecido a la silueta de un bebé en un escorzo imposible, como si fuera un cuerpo sin huesos. Apago la música, reduzco la velocidad y me agarro al volante en estado de cuasi pánico. Cuando estoy ya casi encima de él, soy consciente de la extraña textura de la piel, del inhumano brillo de los ojos, del extraño estado de congelación de la mueca de su boca. Una chocante perfección para un cuerpo abandonado en la carretera. Repentinamente caigo en la cuenta. Como alguien menos paranoide habría deducido antes que yo, se trata de un maldito muñeco que algún cretino ha arrojado al arcén desde, posiblemente, el paso de peatones elevado. Cierro la ventanilla del coche. Acelero mientras pongo de nuevo la música, esta vez a todo volumen.
 

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