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Alan Badiou, la filosofía, otra vez



En primer lugar y de modo fundamental el deseo de filosofía implica una dimensión de revuelta, por ende no hay filosofía sin un cierto descontento del pensamiento en tanto que éste se enfrenta con el mundo tal y como es. También implica la lógica, es decir, la creencia en el poder del argumento y la razón. Implica universalidad: la filosofía se dirige a todos los hombres en tanto que seres pensantes y presupone que todos los hombres piensan. Finalmente, comprende un riesgo: pensar es siempre una decisión sometida a las circunstancias o al azar. Podemos decir entonces que el deseo de filosofía tiene cuatro dimensiones: la dimensión de la revuelta, la lógica, la universalidad y el riesgo.
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¿Pueden las cuatro dimensiones de la filosofía ser mantenidas en el mundo tal como es? ¿Podemos sostener las dimensiones de revuelta, lógica, universalidad y riesgo contra los cuatro obstáculos contemporáneos: mercancía, comunicación, división técnica y obsesión por la seguridad? Yo planteo que ésto no puede ser llevado a cabo en el marco de las opciones hermenéutica, analítica o posmoderna. Pienso que estas posibilidades están demasiado comprometidas con la equivocidad del sentido y la pluralidad de los lenguajes. Yo diría que estas tres orientaciones son demasiado compatibles con nuestro mundo contemporáneo como para estar en condiciones de sostener la ruptura o la distancia que la filosofía necesita.
[...]
Nuestro mundo, ustedes lo saben, está marcado por su velocidad: la velocidad del cambio histórico, la velocidad del cambio técnico, la velocidad de las comunicaciones, de las transmisiones e, incluso, la velocidad con la cual los seres humanos establecemos conexiones entre nosotros.  Esta velocidad nos expone al peligro de una enorme incoherencia. Las cosas, imágenes y relaciones circulan muy rápido, de manera que no tenemos tiempo siquiera para calibrar la extensión de todo aquello que es incoherente. La velocidad es la máscara de la inconsistencia. La filosofía debe proponer un proceso de ralentización. Debe construir un tiempo para el pensamiento que, frente al mandato de la velocidad que enmascara la inconsistencia, constituya un tiempo de lo propio, y sólo este tiempo aminorará la aceleración. Yo consideraría este hecho como la singularidad de la filosofía: que su pensar es sosegado, porque hoy la revuelta requiere tranquilidad y no velocidad.

[Ed. Errata Naturae]

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