porqué me hace gracia ben stiller
Los cómicos son la clase de actores peor vistos por todos aquellos espectadores que se precian de tener buen gusto cinematográfico, un criterio estético, o, en el peor de los casos, incluso, una idea clara de que es el buen cine y que no lo es. A no ser, claro, que dichos cómicos sean serios y circunspectos (Buster Keaton, Harold Lloyd), en cuyo caso, esa seriedad impostada puede alcanzar el sagrado rango de "lo cool" (esa manera tan patética de exaltar la contención frente al exceso, lo racional frente a lo emocional, la distancia frente a la proximidad, en fin). Los cómicos, decían, tienen escaso prestigio entre el cinéfilo medio (yo creía serlo hasta hace un par de años: otro síntoma más de una personalidad atrofiada y acomplejada), diría que incluso a alguna gente les molesta su éxito entre el gran público, su fama, su exceso de presencia. Personalmente, me ha costado admitir que me mola realmente Leslie Nielsen (en especial toda la saga de "agárralo como puedas"), que algunas payasadas de Steve Martin pueden hacer que me muera de la risa de forma inexplicable, o que me he reído con las idioteces escatológicas de "algo pasa con Mary" o con películas subnormales como "desmadre a la americana", "porky´s" (de acuerdo, esta es una mierda completa), toda la saga de parodias tipo "scary movie" y similares, o cualquiera de los blockbusters de Jim Carrey.

Sin embargo, mi gusto vergonzante por la payasada descerebrada ha alcanzado últimamente cierta satisfacción de sí gracias a un actor como Ben Stiller. Casi sin darme cuenta me he ido viendo algo así como diez o doce de sus películas en los últimos diez años. Quizás estaba de hostia en "reality bites", pero desde que lo vi enfundado en aquel inolvidable chándal adidas en "los tenenbaum" no he podido evitar simpatizar abiertamente con los personajes que ha venido interpretando desde entonces.

La primera vez que ví "algo pasa con Mary" estaba en plena etapa "soy un cinéfilo medio que aspira a estar por encima de estas vulgaridades" y fui incapaz de disfrutar del desbarre total y de las cargas de profundidad que, bajo el manto del chiste grueso, la película disparaba contra los films de amores adolescentes de toda la vida. ¿Quién soportaba el peso de la película? Él, el tipo capaz de poner la cara de idiota más lograda que he visto nunca. Si lo pienso y sumo los gestos de estupidez que he presenciado a lo largo de mi vida, los míos incluídos, me sale algo parecido a su cara. El mamón que se cree guay. El capullo que piensa que está quedando de cojones. El melón que está convencido de ser el colmo de lo cool. Todos esos personajes son su especialidad. Los borda. Y nos reímos con/de él, porque, en el fondo, sólo nos está retratando a nosotros mismos, su público descerebrado que necesita chistes de calibre grueso y situaciones vergonzantes para exorcizar las variantes menos exhibibles de la propia personalidad. Hay, por supuesto, en sus actuaciones, un exceso de teatralidad que lo pone continuamente al borde del histrionismo. Ese borde es peligroso, cruzarlo supone romper con la verosimilitud, convertirse en el actor que exhibe su conciencia de ser tal cosa. Pero es el juego con ese exceso el que da valor a las actuaciones del cómico. Es el correr el riesgo de resultar incómodo, molesto, desagradable o cargante lo que lo distingue del actor corriente y moliente. La bastada, el trazo gordo, el chiste fácil son insoportables para la mayoría de los actores. Los cómicos cargan con ello y la mayoría no salen indemnes de soportar tal peso. Que se lo digan a Jim Carrey, que, de vez en cuando, se ve obligado a hacer películas "serias" para demostrar que es un buen actor.

Me gusta Ben Stiller, no todas sus películas, pero sólo con verlo se me alegra la cara. Es una especie de reflejo ante esa mueca permanente de desconcierto/asombro que lleva a cuestas. Ha alcanzado cierta cumbre con su última película, "tropic thunder", aunque ya anteriormente se salía en la bastante floja "matrimonio compulsivo" (¿la domesticación de los hermanos Farrelly?) o en la minisaga "los padres de ella/los padres de él". Da igual. Ben Stiller, gracias por haberme hecho entender que lo peor de lo peor es avergonzarse de los propios gustos, pretender que uno está por encima de "lo que le gusta a todo el mundo", y, por encima, componerse una imagen falsa de uno mismo. Hallellujah.
el glamour y la mugre
Ayer estuve en Santiago dC, en la sala Capitol, escuchando a los tindersticks. No deja de sorprenderme cómo los grandes iconos de la indie music de los 90 siguen dando guerra, en plena forma si juzgamos a todos por el nivel demostrado ayer noche. Abrió David Kitt para una sala semi vacía, pop intimista de autor, una voz maravillosa muy próxima a la del cantante de los silver jews, canciones como pinceladas sobre amores y desamores en apenas treinta minutos mientras iba entrando gente. Luego, mientras el aforo de la sala se veía claramente desbordado, salieron a escena los protagonistas principales. La primera media hora de concierto, aproximadamente, la supongo centrada en canciones de su último disco ya que no conocía ninguna. Para mi sorpresa, todas ellas bastante por encima del calificativo "digno". La voz de Staples ha ganado cuerpo con el paso del tiempo. Da igual lo que cante, la rendición es absoluta después de dos palabras. Pensé, tiene la clase de voz que uno querría tener para decir las cosas importantes de la vida, las que tienen que ver con el amor o la muerte, la voz que uno querría para escuchar saliendo de la propia boca para atenuar la sensación de carecer de substancia. Si su voz ya sobrecogía cantando canciones desconocidas, cuando empezó a recorrer los temas de sus dos primeros discos se desató una especie de histeria colectiva. Sí, los tindersticks son los reyes del melodrama impostado, de la teatralidad sobreactuada, del artificio sentimental. Pero su actuación resulta convincente. Uno se cree la función. Cuando iba cerca de una hora de concierto, el ambiente tenía esa carga espesa mezcla de tabaco, porros, sudores y alcohol que caracteriza los conciertos en lugares pequeños cerrados. Sobre el escenario canciones de desamor con ribetes melodrámaticos, la elegancia sudorosa de Staples y toda su banda (extraordinarias la trompeta y el saxo barítono), una idea viril del glamour encarnada en los siete componentes del grupo, mientras, abajo, una masa que en principio iba con el objetivo de enchufarse a la banda sonora de su pasado reciente, se venía arriba ante el despliegue de energía, y acababa rugiendo ante la exhibición que estaba teniendo lugar en el escenario. Cayeron todos los megahits, que yo recuerde: nectar, city sickness, tiny tears, el diablo en el ojo, sweet sweet man, una gloriosa my sister con la que cerraron el concierto, snowy en fa#m, whisky and water, blood, marbles, her... En algunos momentos me emocioné realmente. Y me lamenté por haber dejado de prestarles atención con tanta facilidad. Me lamenté de mi incapacidad para seguir siendo fiel a las cosas que realmente me gustan. Yo que sé, no pude evitar pensar en cómo la desorientación absoluta en la que vivo permanentemente es capaz de apartarme de aquello con lo que disfruto con la excusa de la novedad. Una identidad, por dios, quiero. Y una voz como la de Stuart, si fuera posible.
está pasando
Leo, casi al mismo tiempo, "Gomorra", el best seller de Roberto Saviano y "la ilusión democrática", la recopilación de ensayos sueltos de Claude Lefort sobre democracia, política y otras historias para no dormir. De alguna manera, entre la disección espantada del crimen organizado que realiza Saviano y la reflexión de Lefort sobre las condiciones en las que se realizan las democracias occidentales contemporáneas, hay una red tupida de relaciones temáticas y de preocupaciones compartidas. El libro de Saviano es necesario leerlo. Señala directamente a la fusión de negocios legales e ilegales y a cómo los grandes capos mafiosos ganan más con sus empresas no-criminales que con los asuntos de drogas, armas y tráfico de personas. Habla, con urgencia y cierto cansancio, del maridaje entre las fortunas tradicionales y la delincuencia organizada. De como capital y crimen conviven en armonía. De cómo el sistema facilita la explotación, los cinturones de miseria en torno a las grandes ciudades o el crecimiento de masas de personas sin derechos de facto. El libro de Saviano no habla de nada que no sepamos, pero pone nombres y apellidos. Señala lugares, empresas, ciudades, partidos políticos. Nos muestra qué sostiene el milagro de las mercancías chinas a bajo coste que inundan Europa. El prodigio de la ropa de marca a bajo precio en los outlets. Los electrodomésticos de las tiendas de superdescuento. Todo éso tiene un coste en vidas humanas. El robo legal y el no legal hermanados por el mismo principio: enriquecerse a toda costa, ilimitadamente.

El libro de Lefort, centrado en darle contenido a las palabras "democracia" o "política", en definir el lugar de ambas cosas en nuestro tiempo, me martillea con párrafos como éste:

La democracia moderna es el único régimen que significa la separación entre lo simbólico y lo real con la noción de un poder del que nadie, sea un príncipe o una banda, podría apoderarse; su virtud es conducir a la sociedad a la prueba de su institución; allí donde se perfila un lugar vacío no hay conjunción posible entre el poder, la ley y el saber, no hay enunciado posible de su fundamento; el ser de lo social se oculta, o mejor dicho, se da bajo la forma de un cuestionamiento interminable (del que da fe el debate incesante, cambiante de las ideologías); se desvanecen los referentes últimos de la certeza, en tanto que nace una nueva sensibilidad para lo desconocido de la historia, para la gestación de la humanidad en toda la variedad de sus figuras.
[...]
La democracia es aquel régimen en que la figura del otro se encuentra abolida, en la que el poder no digamos que está al desnudo -pues sería ceder de nuevo a una ficción realista-, sino que no se desprende de la división que lo engendra y permanece inasible (substraído a la apropiación y a la representación); ese régimen no se deja aprehender en su forma política. En tanto se desdibujan los contornos de la sociedad y vacilan las referencias de la unidad, nace la ilusión de una realidad que contuviera la razón de su propia determinación en la combinación de las múltiples relaciones de hechos.

El propio Saviano decía hace poco en una entrevista: la mafia sólo es el capitalismo llevado a sus últimas consecuencias. Y, añadiría yo, el desbordamiento del propio capitalismo de su esfera de influencia conlleva, al igual que el fenómeno mafioso, la destrucción absoluta de conceptos como "política" o "democracia".
La trascendencia de lo banal, una aproximación
La rendición incondicional hacia el ámbito de lo doméstico nos empequeñece de manera brutal. Es como si nos hubiéramos extraviado y sólo encontrásemos pistas acerca de nosotros mismos en el entorno de lo íntimo, en la ficción burguesa de lo privado. Me preocupa esta deriva que conduce las conversaciones hacia todos los temas menores del mundo. Siento que un equilibrio precario e inestable se ha roto en la dirección equivocada. Es como si, al envejecer, el mundo fuera interesándonos menos y experimentásemos con más intensidad la llamada de todas las preguntas sobre nosotros mismos en forma de menudencias cotidianas. A veces me veo en los demás y siento la rabia del que no ha desertado de nada porque nunca ha militado en ninguna causa. Está pasando algo silencioso y destructor por encima de nuestras vidas, algo que nos empuja imperceptiblemente al calor del hogar, a entronizar los rituales de lo doméstico como ceremonias de conexión con alguna clase de misterio sagrado. La vida dentro de casa se está convirtiendo en una especie de religión atea. Necesito mirar hacia el espacio común, sentir que la vida es más que la suma de los pequeños instantes que dedico a la supervivencia material. Dónde están los otros cuando se necesita pelear con ellos para medir las propias fuerzas. Dónde están las propias fuerzas en este interminable invierno de la voluntad. Dónde el espejo que nos diga con claridad lo insignificante que se vuelve la vida cuando sólo mira para sí misma. Dónde.
nadal, verdasco, el tenis y otras actividades humanas
No se pierdan el post de jose sobre la semifinal nadal-verdasco. Imprescindible:
Sí, pero, ¿quién se folla a Ana Ivanovic?

[Actualización: el mejor análisis de la final: El llanto de Rogelio]
elecciones y democracia representativa, una aproximación en tres actos

I.
Quién elige y qué cosa elige. Se nos dice, el pueblo soberano a sus legítimos representantes. Quien es el pueblo soberano, quienes sus legítimos representantes. Se nos dice, el conjunto de las personas mayores de 18 años censadas en el territorio al que se refieren las elecciones y todo aquel que registre unas siglas ante la administración para presentarse a esas elecciones. En teoría, entonces, la democracia es el gobierno de cualquiera en igualdad de condiciones con otros cualquieras. Sin embargo, la impresión que un "cualquiera" cualquiera tiene es que quien gobierna no es otro "cualquiera", sino un "alguien" que ha recibido tal título por nacimiento, riqueza o saber. A su vez, esos "alguien" aspiran al gobierno no como unos "cualquiera" sino como pastores que pastorean, como guardianes que guardan, como próceres que deben cuidarnos, a los cualquiera, de nuestra peligrosa condición de seres que no saben exactamente qué hacer con su libertad. En la práctica, los que son "alguien" configuran un sistema en el que los "cualquiera" no tienen nada que hacer en el gobierno de los asuntos comunes, excepto legitimar dicho sistema cada vez que hay elecciones o participar en alguna de las instancias ya regladas para los "cualquiera" como ellos, llámense asociaciones de vecinos, sindicatos, agrupaciones culturales o cualquiera otra forma de fingir que se participa en la vida pública mientras en realidad se hace otra cosa.

II. Una cita de Jacques Ranciere, de "el odio a la democracia"

Por lo general, lo que se toma como criterio pertinente de democracia es la existencia de un sistema representativo. Pero este sistema es él mismo un compromiso inestable, un resultante de fuerzas contrarias. Tiende hacia la democracia en la medida en que se acerca al poder de cualquiera, sea quien fuere. Desde este punto de vista, podemos enumerar las reglas que definen el mínimo por el cual un sistema representativo puede declararse democrático: mandatos electorales cortos, no acumulables, no renovables; monopolio de los representantes del pueblo en la elaboración de las leyes; prohibición a los funcionarios del Estado de ser representantes del pueblo en la elaboración de las leyes; reducción al mínimo de las campañas y de los gastos de éstas, y control de la injerencia de potencias económicas en los procesos electorales.

[...]
Nosotros no vivimos en democracias. Tampoco vivimos en campos de concentración, como aseguran ciertos autores que nos ven a todos sometidos a la ley de excepción del gobierno biopolítico. Vivimos en Estados de derecho oligárquicos, es decir en Estados donde el poder de la oligarquía está limitado por el doble reconocimiento de la soberanía popular y las libertades individuales. Conocemos las ventajas de este tipo de Estados, así como sus límites. En ellos las elecciones son libres. Aseguran, en lo esencial, la reproducción del mismo personal dominante bajo etiquetas intercambiables, pero las urnas no suelen estar atestadas y es posible cerciorarse de ello sin jugarse la vida. La administración no es corrupta, salvo en esos asuntos de mercados públicos donde se confunde con los intereses de los partidos dominantes. Se respetan las libertades de los individuos, aunque al precio de notables excepciones para todo cuanto atañe al cuidado de las fronteras y a la seguridad del territorio. Hay libertad de prensa: quien, sin ayuda de los poderes financieros, quiera fundar un diario o un canal de televisión capaces de llegar al conjunto de la población, encontrará serias dificultades pero no terminará en la cárcel. Los derechos de asociación, reunión y manifestación permiten que se organice una vida democrática, es decir, una vida política independiente de la esfera estatal. Permitir es, evidentemente, una palabra equívoca. Esas libertades no son regalos de los oligarcas. Fueron ganadas mediante la acción democrática, y si conservan su efectividad es sólo por esta acción. Los "derechos del hombre y del ciudadano" son los de quienes les dan realidad.


III. Y si somos escépticos sobre las posibilidades de transformación de todo este sistema ¿cómo hemos alcanzado el punto en el que nuestro escepticismo nos ha inutilizado para la lucha en el espacio político? ¿No es nuestra enmienda permanente a la totalidad un cortocircuito real sobre cualquier posibilidad de acción transformadora? ¿No es cierto que, para la oligarquía dominante es mejor un población escéptica que un conjunto de ciudadanos dipuestos a plantar cara en todos los frentes posibles de la esfera política? ¿No es cierto que en el momento en el que hacemos declaración de nuestra impotencia es cuando realmente nos volvemos impotentes de verdad? ¿No es cierto que nuestra parálisis es lo mejor que le puede pasar al sistema? ¿No es cierto que toda esta mierda seudointelectual sobre la que giramos con fingida angustia nos distrae de las responsabilidades que hemos elegido no tomar? ¿No lo es?
la precampaña de la precampaña: barack touriño vs espartaco quintana vs feijo09
En un mes, elecciones autonómicas. Para ir empezando a deprimirnos, tres píldoras de patetismo propagandístico-político. ¿Por qué lo llamamos democracia si queremos decir oligarquía con rasgos circenses?

- Barack Touriño:




- Espartaco Quintana:




- Feijó09:



mañana ¿quién se acordará de ayer?
Sé que merezco un premio de esos que dan por internet por este título horrible. Sirva de homenaje a todos los nombres de películas extranjeras dobladas por alguien con nulo conocimiento de los dos idiomas manejados en la operación de traducción y que con tanta perseverancia han corroído los cimientos de mis circunvoluciones cerebrales.

Al grano.

Mañana coronan al nuevo rey planetario. La ceremonia, transmitida en mundovisión, promete congregar a cuatro millones de seres humanos en directo y a un número indeterminado de especies inclasificables delante de los televisores. Nuestro moderno rey Arturo tiene varias Excalibur clavadas por el planeta adelante. Lograr extraerlas de la piedra donde están incrustadas le va a costar un tiempo considerable. Mientras tanto, el brillo de Nueva Camelot corre el riesgo de oscurecerse igual que un trozo de manzana dejado al aire durante unos minutos. Mañana coronan al nuevo rey planetario. Los israelíes suspirarán aliviados: las cámaras de televisión ya no apuntarán hacia Gaza. Las cosas que brillan que les dan dinero estarán a diez mil kilómetros de distancia. Los palestinos seguirán muriéndose en la oscuridad de la realidad no retransmitida. Serán relegados a los informativos de madrugada y a los resúmenes de fin de año, al menos hasta el próximo raid sobre la franja. El mundo civilizado brindará con alivio al ver que la dentadura perfecta de Obama sustituye a los cadáveres de los niños en los telediarios. Muchos dirán "Dios es grande". Brindemos. Con cianuro.
dirty sexy politic




Si uno entiende la política como espectáculo y juego de seducción, instantáneas como éstas deberían ser mucho más frecuentes. Cabría preguntarse porqué siempre las protagonizan mujeres y cuál es el mensaje exacto que se brinda al espectador medio que una vez cada cuatro años se realiza políticamente en la urna correspondiente.

No me sorprende que los políticos traten desesperadamente de demostrarnos que también son personas normales, (ésto es, que no están ahí para sacar provecho personal), pero sí me llama la atención el recurso táctico al encanto personal como garantía de su condición de personas normales.

Soraya cae mal, sus intervenciones públicas revelan con facilidad a una persona ansiosa con los tics habituales de la listilla de toda la vida que siente que está perdiendo el tiempo dando explicaciones a una banda de monos. Es consciente de su altanería al modo Aznar y se le nota que trata de controlarla, pero, para su desgracia, no puede autocontrolarse todo el tiempo y enseguida sus gestos transmiten una especie de furia ácida que provoca en el espectador un desagrado considerable. Habituados a ello, cambianos de canal cuando aparece en la televisión o apagamos la radio en el coche si coincide. Pero, de pronto, Soraya se suelta el pelo, se pone una especie de vestido de noche y, sentada en el suelo al lado de una silla, con cierto desarreglo post-coitum en su mirada, pretende decirnos, soy deseable, soy seductora, soy enigmática, soy misteriosa, tengo una personalidad secreta que sólo muestro en privado. Y claro, en ese momento, nuestro desagrado se transforma súbitamente en espanto puro. Y la imagen nos persigue en nuestras pesadillas más tenebrosas junto a aquella de Aznar con los pies encima de la mesa o la otra de Jesús Gil en un barreño rodeado de mamachichos. Viva el mal, etc.
sobre la importancia de nuestros actos (II)
Lo que yo piense es leña en la hoguera de la opinión mayoritaria (sobre cualquier cosa). Lo que yo haga contribuye al estado general de las cosas (en cualquier circunstancia). Lo que yo diga es otro discurso más en la colección de discursos clónicos que repite todo el mundo (en cualquier conversación). Lo que yo crea es irrelevante (suponiendo que crea algo).

Y no.
sobre la importancia de nuestros actos
Lo que yo piense es irrelevante (sobre cualquier cosa). Lo que yo haga es irrelevante (en cualquier circunstancia). Lo que yo diga es irrelevante (en cualquier conversación). Lo que yo crea es irrelevante (suponiendo que crea algo).

Y sin embargo.
reconociendo a los doctos

En relación con un genio, es decir, con un ser que o bien fecunda a otro, o bien da a luz él, tomadas ambas expresiones en su máxima extensión, el docto, el hombre de ciencia medio, tiene siempre algo de solterona: pues, como ésta, no entiende nada de las dos funciones más valiosas del ser humano. De hecho a ambos, a doctos y a solteronas, a modo de indemnización, por así decirlo, se les reconoce respetabilidad - se subraya en estos casos la respetabilidad -, y la forzosidad de ese reconocimiento proporciona idéntica dosis de fastidio. Miremos las cosas con más detalle: ¿qué es el hombre científico? Por lo pronto, una especie no aristocrática de hombre, con las virtudes de una especie no aristocrática de hombre, es decir, no dominante, no autoritaria y tampoco contenta de sí misma: el hombre científico tiene laboriosidad, paciencia para ocupar su sitio en la fila, regularidad y mesura en sus capacidades y necesidades, tiene el instinto para reconocer cuáles son sus iguales y qué es lo que sus iguales necesitan, por ejemplo aquella dosis de independencia y de prado verde sin la cual no hay tranquilidad en el trabajo, aquella pretensión de que se lo honre y reconozca (la cual presupone primero y ante todo conocimiento, cognoscibilidad -), aquel rayo de sol de un buen nombre, aquella constante insistencia en su valor y en su utilidad, con la que es necesario superar una y otra vez la desconfianza íntima que hay en el fondo del corazón de todos los hombres dependientes y animales de rebaño. El docto tiene también, como es obvio, las enfermedades y defectos de una especie no aristocrática: tiene mucha envidia pequeña y posee un ojo de lince para ver cuanto de bajo hay en las naturalezas a cuyas alturas él no puede ascender. Es confiado, mas sólo como uno que se deja ir paso a paso, pero no fluir como una corriente; y justo frente al hombre de la gran corriente adopta el docto una actitud tanto más fría y cerrada, - su ojo es entonces como un lago liso y disgustado en el cual ya no aparece la onda de ningún embeleso, de ninguna simpatía. Las cosas peores y más peligrosas que un docto es capaz de hacer le vienen del instinto de mediocridad de su especie: de aquel jesuitismo de la mediocridad que trabaja instintivamente para aniquilar al hombre no habitual y que intenta romper o - ¡mejor todavía! - aflojar todo arco tenso. Aflojarlo, claro está, con consideración, con mano indulgente -, aflojarlo con cariñosa compasión: éste es el auténtico arte del jesuitismo, que ha sabido siempre presentarse como religión de la compasión.

[Friedrich Nietzsche, "más allá del bien y del mal". Sección quinta. Para la historia natural de la moral. Epígrafe 200]
sociología de las colas, un relato
Estaba en las rebajas, en una de las colas interminables que se forman estos días para ser exactos. Tras unos minutos de espera sin moverme ni un milímetro empecé a observar sin demasiado disimulo a mis compañeros de viaje a la caja registradora. Tras varios instantes de vigilancia concentrada llegué a dos conclusiones: 1) sólo existen dos tipos de hombres: a) los que en las colas miran de reojo el culo de todas las tías que pasan por delante de ellos y b) los que en las colas miran descaradamente el culo de todas las tías que pasan por delante de ellos; 2) sólo hay dos tipos de mujeres: a) las que en las colas miran con satisfacción para los estantes semivacíos y semirevueltos de la tienda, orgullosas de su compra, y b) las que en las colas miran con cierta rabia los estantes semivacíos y semirevueltos de la tienda algo decepcionadas con su compra. Mientras estas agudas reflexiones me distraían de mi compleja tarea de control de la tienda (no voy a decir a qué grupo pertenezco, obviamente), fui consciente del silencio en el que nos hallábamos sumidos. Por los altavoces se escuchaba, débilmente, el teardrop de los massive attack, mientras la alarma saltaba de vez en cuando sin mucho convencimiento. Observé que si cada uno de los habitantes de la cola nos marchásemos con nuestra compra corriendo sin pagar, cogerían a lo sumo a uno o dos de nosotros, pero el resto volveríamos triunfantes para casa con un botín interesante. El silencio me impresionó. Tanta calma. Desde fuera parecíamos un pacífico grupo de gente esperando nuestro turno. Sin embargo, la mitad de los presentes combatían el tedio de la espera con tibias fantasías mientras la otra mitad se entregaba al enjuiciamiento de su compra. Bajo la superficie del aburrimiento, como no, latía un abismo de deseo y frustración. El único problema era que no había correspondencia alguna entre ambos grupos. El deseo derivado del aburrimiento y la frustración consecuencia de la compra. De alguna manera ambas cosas se me aparecieron como accidentes de un algo esencial origen de toda la energía que en estado latente hacía reverberar la tienda. Estaba a punto de llegar al origen de ese algo cuando una voz me devolvió al desierto de lo real, siguiente, por favor.
la potencia impotente
Europa es el tipo ese que, mientras, el matón de turno le da una paliza al tipo más débil que se ha cruzado en su camino, sólo es capaz de balbucear, para ya hombre que lo vas a matar. Eso sí, después irá a tomarse unas cañas con él, mientras tratará de hacerle ver que lo que hizo estaba muy feo.
manifiesto político para 2009 (IV)

Hablaba hace un instante de la escisión presente en el electorado: el voto es masivo y vivido como un imperativo, mientras que la convicción política o ideológica es flotante e, incluso, inexistente. Esta escisión es interesante y positiva en la medida en que, inconscientemente, significa la distancia entre política y Estado.

En el caso que nos ocupa [las elecciones presidenciales francesas de 2007], a falta de toda política en sentido propio, el miedo se incorpora al Estado como sustrato de su propia independencia. El miedo valida el Estado. La operación electoral incorpora al Estado el miedo y el miedo al miedo, de manera que un elemento subjetivo de masas consigue validar el Estado. Digamos que, tras estas elecciones, el elegido, muy probablemente Sarkozy, estará legitimado en la cima del Estado por haberle sabido sacar tajada al miedo. Tendrá entonces las manos libres, puesto que, desde el momento en que el Estado ha quedado investido por el miedo, puede dar miedo con toda libertad.

La dialéctica última es la del miedo y el terror. Virtualmente, un Estado legitimado por el miedo está habilitado para convertirse en un Estado terrorista. ¿Hay un terrorismo contemporáneo? ¿Un terror democrático? Por el momento, está solapado. Se trata de encontrar las formas democráticas de un terror de Estado que esté a la altura de la técnica: rádares, fotos, control de Internet, escuchas sistemáticas de todos los teléfonos, cartografía de los desplazamientos… nos encontramos en un horizonte estatal de terror virtual, cuyo mecanismo principal es la vigilancia y, cada vez más, la delación. ¿Hay que hablar, como nuestros amigos deleuzianos, de «sociedad de control», diferente esencialmente de la «sociedad de soberanía»? No lo creo. El control se transformará en un puro y simple terrorismo de Estado tan pronto como las circunstancias se pongan un poco serias. Ya estamos enviando sospechosos para que los torturen en casa de «amigos» con menos reparos. Acabaremos haciéndolo nosotros mismos. El miedo no tiene otro futuro que no sea el terror en su sentido más corriente.

[Alan Badiou "¿Qué representa el nombre de Sarkozy?", editorial Ellago]
 

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